DESTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DEL SIGLO XIX
 

        Terminada la Revolución Mexicana, la ciudad de Matamoros experimentó algunas trasformaciones. Una de ellas tuvo relación directa con la llamada ley seca emitida en los Estados Unidos. La ley se tradujo en México en la venta y el consumo de bebidas alcohólicas a los visitantes estadounidenses. En Matamoros, las fachadas de los edificios se cubrieron de publicidad, mientras que un sinnúmero de nuevos negocios abría sus puertas a la reciente clientela de turistas extranjeros.

        A finales de los años treinta se inició la operación del distrito de riego del bajo río Bravo y a la bonanza algodonera, le siguió una mayor circulación de dinero y con ella, la fiebre modernista en la construcción que impuso los estilos de moda a mediados del siglo XX. Los nuevos edificios sustituyeron, sin consideración alguna, a las antiguas estructuras de ladrillo.

        En las décadas siguientes, fueron demolidos numerosos edificios históricos del centro. Varias de las construcciones urbanas más emblemáticas cayeron una tras otra: la Aduana Fronteriza, el edificio de La Canasta, la Ferretería México o la casa Moya.